Las más ricas experiencias

Están afuera, en las calles

—No, oiga, aquí le ponemos los números que queremos a nuestras casas. Yo soy el 8, allí está el 86, y el 10 está hasta el fondo.

El motociclista buscaba el número 10. Eso escuché al pasar. Esa revelación me hizo ponerle atención a los números de la calle. Y así caminé, entre el 7B, el 105, el 8 y el 86. Seguramente, a alguien le ganó su fascinación por el 7B, pues fue el único número con letra que vi. Y quien decidió que su casa sería el 105, ¿qué historia tiene? Es la única casa en esa calle con tres dígitos.

Cada casa en esa calle fue bautizada con un número especial. Cada casa tiene una vida única. Cada casa fue bautizada con un número que no vienen de afuera, sino de adentro. Es un orden orgánico o desorden matemático. Pero es real. Y esta realidad es vida.

Por fin, cuando alcancé el final de la cuadra, pude ver a una muchacha abrazando un ramo de flores con un girasol saliente que casi ocultaba su sonrisa. El motociclista había encontrado su destino. Esto pasó en el número 10, a un lado del 95. No pude más que sonreír.

Nuestras experiencias es lo único nuestro. Saboreémoslas despacio.

En este viaje por la vida nos encontramos con una posibilidad casi infinita de sensaciones. Hay momentos que nos saben a algo. Tormentas que huelen a verano. Números de calles que asombran. Si tratamos de enlazarnos al día, tejeremos una experiencia única. Pero para eso hay que viajar despacio el día.

Camina una calle, róbate las mandarinas del camellón, admira a Venus junto a la luna, escucha el canto del ruiseñor. Teje tu experiencia del mundo con delicadeza. ¿Cómo? Con los cinco sentidos. No lo olvides, la vida, la viajamos con los sentidos. Abrazados por nuestros dos metros de piel caminamos el mundo.

No dejes pasar la oportunidad de que el dulce aroma de las gardenias te invada, que el sabor de una taza de café por la mañana te plante una sonrisa. No ignores la historia de lo pequeño. ¿Por qué? Simple y sencillamente, porque mereces las más ricas experiencias que definen tu autenticidad.

Lo único que tienes, que tengo, que tenemos, es el tejido de nuestras experiencias. Es lo único verdaderamente nuestro. Saboreémoslo despacio.

Mereces las más ricas experiencias que definen tu autenticidad. Y esas, esas experiencias, están afuera en la calle.

El cacao mexicano huele a canela y cobijo

Para viajar despacio el mundo, sorbo a sorbo

Cacao de Guerrero, diciembre 2021

Llegó a la mesa y, al ver su espuma, presagié mil encuentros. Esa taza de chocolate es la misma sangre de la tierra que, desde el primer sorbo, comienza a abrazarnos líquidamente con su esencia. Huele a canela, huele a cobijo, huele a una historia nuestra. 

Es el esmero con que se ha preparado por miles de años, es la historia decantada que siempre provoca en los labios una sonrisa íntima y amorosa, es el alma de la tierra.

El chocolate es muy amoroso porque trae alma. Trae el alma de lo profundo envuelta en el cacao.

Dicen que son las notas sutiles del cacao las que atrapan y se quedan en la memoria. Notas que vienen de un cacaotero que siempre tiene una vida que contar. Puede ser una vida a veces unida a notas de mango u otra vida impregnada por notas musgosas. Ahí en donde le tocó nacer, el cacao lo vive todo.

El cacao viene de México, de Centroamérica, de África y de otras tierras. Pero todo viene de la cintura de la tierra, de su vientre. Es ese elixir con que la tierra nos ama desde su medianía. ¿Será por eso que un trago de chocolate calientito nos abraza tanto? ¿Nos carga, nos levanta y nos da vida?

El cacaotero nace de la tierra húmeda, muy húmeda, y se baña de la sombra de las grandes hojas que el trópico desborda. La bruma densa impregna sus resistentes hojas, las llena de aromas que emanan de todo lo que vive cerca. El cacao respira semanas y meses ese aire vivo. Cuando la vaina alcanza visos dorados y naranjas, llega el tiempo de su cosecha. Se desprende y abre. Se saca su semilla blanca y se tiende bajo el sol. Sigue la fermentación, hasta que cada semilla suelta su amargura más intensa, pero no la más sutil. Luego, queda libre y ya es cacao. 

Es la semilla criolla de cacao la más exquisita de todas, dicen unos, los que saben. Pero lo que es irrefutable, es que el cacao es sustento, familia, pasado y futuro. El cacao no sólo tiene adeptos, tiene amigos verdaderos que lo cuidan noche y día, tiene seguidores que lo encuentran, tiene enamorados que lo prueban y amantes que lo tocan y revuelcan. El cacao es detalle, es proceso, es camino. Necesita muchos cuidados y, por su rango tan elevado en el paladar y en el espíritu, ha logrado un respeto insobornable.

Y todos lo sabemos, todos hemos reverenciado al cacao de una manera u otra; a tal grado que en muchos momentos le tenemos miedo y decimos que es del diablo. Porque, en sí mismo, es una vertiente abierta que nos llama desde el centro de la tierra, a través de un flujo milenario que nos abraza por la boca y nos besa el plexo desde adentro. Y de tanto amor uno no se calma pronto. Siempre he creído que al espíritu le gusta el sabor y aroma del cacao, pues se agita, se lanza al mundo húmedo y terroso y regresa, todo en un sólo sorbo. Lo sabemos por esa sonrisa gustosa que nos delata cuando probamos el chocolate del buen cacao.

El cacao se encarga de que ninguno nos salvemos. Así la tierra nos regala y nos sigue regalando con fervor, en cada cacaotero, su aliento. Un aliento que crece en el cinturón tropical de los bosques ecuatoriales de México y el mundo. Un aliento que no se vence, no se va, un aliento un poco como el nuestro.

El mercado y un poema de Carlos Pellicer

Los frutos del trópico

Mercados de México

ESTUDIO


La sandía pintada de prisa
contaba siempre
los escandalosos amaneceres
de mi señora
la aurora.
Las piñas saludaban al mediodía.
Y la sed de grito amarillo
se endulzaba en doradas melodías.
Las uvas eran gotas enormes
de una tinta esencial,
y en la penumbra de los vinos bíblicos
crecía suavemente su tacto de cristal.
¡Estamos tan contentas de ser así!
dijeron las peras frías y cinceladas.
Las manzanas oyeron estrofas persas
cuando vieron llegar a las granadas.
Los que usamos ropa interior de seda…
dijo una soberbia guanábana.
Pareció de repente que los muebles crujían…
Pero ¡si es más el ruido que las nueces!
dijeron los silenciosos chicozapotes
llenos de cosas de mujeres.
Salían
de sus eses redondas las naranjas.
Desde un cuchillo de obsidiana
reía el sol la escena de las frutas.
Y la ventana abierta hacía entrar las montañas
con los pequeños viajes de sus rutas.

Carlos Pellicer