Amor que nos acompaña

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El único amor consecuente, fiel, comprensivo, que todo lo perdona, que nunca nos defrauda, y que nos acompaña hasta la muerte es el amor propio.

Oscar Wilde

Acaso, ese amor propio del que escribió Oscar Wilde, ¿lo acompañó hasta sus últimos días? No sé. Todo lo que he leído de Wilde ha sido jubiloso y agudo. Todo, hasta que, buscando más material, leí su último poema «Balada de la cárcel de Reading». Uno tiene que abrazarse después de leerlo.

Sabía que Oscar Wilde fue ridiculizado hasta el cansancio, cuando vivió el juicio inquisitorial y publicó al que la sociedad londinense lo sometió. Pero no sabía que Oscar Wilde murió indigente en París. No sé porqué, pero el saberlo fue un golpe. Me pregunto, ¿cuántos seres humanos sensibles han muerto así?

Oscar Wilde fue un ser enamorado de la vida, de su vida; expuesto hasta el cansancio, quebrado y resquebrajado. Saber que este gran genio de la literatura universal murió en la indigencia, es la confirmación de cómo esa misma sensibilidad que eleva a algunos espíritus, los hunde.

Lo único que te puedo decir y me puedo decir es «agárrate de esta frase corta con todas tus fuerzas, cuando sientas que ese amor incondicional a ti te está fallando».

Existen almas que dan voz a la existencia con más claridad que muchos pensamientos, son seres infinitamente sensibles. Cuando son sensibles y nos regalan su arte, los amamos; cuando son sensibles y caen en desgracia, los abandonamos. ¿Por miedo? No sé, pero siento que tememos a los «sensibles», porque no queremos sentir tanto.

Oscar Wilde llegó después de su liberación sin dinero a París, en 1897. Vivió de hotel en hotel, cada vez con menos. Muy poco escribió en esos años. Este es un fragmento del último poema que escribió, sobre su experiencia en la cárcel:

Balada de la cárcel de Reading

Los actos más viles, cual hierbas venenosas
crecen lozanos en el aire de la prisión.
Sólo aquello que en el hombre es bueno
allí se arruina y se marchita:
la pálida angustia guarda el pesado portal
y el guardián es la desesperación.

Hambrean al niño aterrado
hasta que llora noche y día;
azotan al débil y flagelan al necio;
se mofan del viejo ceniciento
y algunos enloquecen, y todos se malogran
y nadie puede pronunciar palabra.

Cada celda angosta que habitamos
es una oscura letrina maloliente
y cada apertura que cierran las barras
es fétido aliento de Muerte viviente;
y todo, menos la lascivia, se reduce a polvo
en la máquina Humana.

El agua salobre que bebemos
lleva una baba nauseabunda
el pan amargo que en las balanzas pesan
está lleno de cal
y el sueño no se acuesta jamás, camina
con ojos desorbitados y llora al Tiempo…

Ahora, regresa a la frase corta de Oscar Wilde, y date ese abrazo para que te acaricie el alma, la levante y te diga —soy tu amor propio, y te acompañaré hasta el último día. Haz lo que tengas que hacer para saber con certeza que tu amor propio nunca te abandonará.