Seguir el instinto y aprender a acompañar, las lecciones de Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez

«El acompañar al otro sin tratar de solucionar es un arte».

Seguir el instinto y aprender a acompañar. Esas dos cosas me dejó la lectura de la novela Crónica de una muerte anunciada. Seguir el instinto como cuando le dije, con tal vehemencia, al papá de un adolescente que llevara a su hijo al hospital inmediatamente. Algo de dentro me salió sin pensar, cuando me despedía de ellos.

Seguir el instinto sí salva

Una semana después volvió el señor a darme las gracias. No lo podía creer, cuando me dijo que su hijo seguía en el hospital, y había necesitado una diálisis urgente para salvar su vida. El joven no se veía tan mal, estaba con la novia, como cualquier joven de 19 años. ¿Por qué le dije a su padre que lo llevara al hospital? No sé. Sólo se me salieron las palabras, y lo hice. Me acuerdo que caminando a mi oficina, todavía voltee a ver al papá, y le volví a decirle más fuerte —Llévelo al hospital, ahorita.

O, cuando platicando con un proveedor, le pregunté cuál había sido la verdadera razón para «de pronto» dejar su trabajo y poner su negocio. Un negocio ya muy exitoso, completamente novedoso y simple. Y es que sus ojos querían hablar, mientras de su boca salía el típico rollo de vendedor.

Echó un suspiro, y me narró la masacre que sobrevivió en San Ysidro, en 1984. —Creí que ahí iba a morir, al ver la sangre salirme del cuerpo, —dijo. En esos momentos, se le vino a la mente que no había visto el amanecer ni al atardecer por años. Y ahí, en su charco de sangre, decidió que si vivía ya no regresaría a trabajar de jornalero.

Seguir el instinto con más fuerza después de Crónica de una muerte anunciada

Si yo hubiera estado ahí en Crónica de una muerte anunciada, seguro había malogrado la historia. Y la razón no es que, de pronto, haya descubierto que tengo poderes sobrenaturales. Si los tuviera, ya me habría sacado la lotería.

Lo que descubrí con la lectura de la novela es que tengo un código foráneo que no me deja descifrar los códigos propios de un lugar. Sin entender el código del pueblo, yo hubiera sido la loca que, sin más ni más, se lanzara cuerpo entero sobre el pobre Santiago Nasar o le hubiera dado un mazazo para tumbarlo, y así evitar que llegara a ese destino que la tradición le había escrito.

Seguir el instinto cuando no hay tribu

¿Por qué? Porque desconozco toda costumbre. Esto me dio Crónica de una muerte anunciada, descubrir que nunca pertenecí a un lugar genuinamente ancestral. Pertenezco a una tierra a la cual pertenecen menos de los que la transitan. Y vengo de una familia de migrantes, perennes migrantes, casi nómadas. Soy fronteriza, nacida en Tijuana.

Y, ahora que soy nómada, por fin me he dado cuenta que ser extranjera también es estar ciega ante la voz de las costumbres. Por eso mis instintos son mi gran norte, porque no tengo una tribu que vaya a salir en mi auxilio. Seguiré siendo la foránea, la extraña que pregunta lo que otros prefieren contarme sólo a mí. La extraña que abrazará sabiendo que no volverá; la que camina el mundo y deja que los libros le limen el instinto y le ayuden a ver al mundo con mucho amor.

Cuándo acompañar y no solucionar

Y de ahí se cuelga la otra cosa que me dejó Crónica de una muerte anunciada: acompañar. Híjole, para esta enseñanza también he invertido en varias sesiones de terapia. Date cuenta, si yo le hubiera dado un mazazo a Santiago Nasar: no hubiera acompañado, hubiera solucionado. Y, eso, también puede ser un problema.

Por supuesto, hay muchas cosas que necesitan solución, como salvarle la vida a alguien. Pero, a veces, a esos que somos foráneos «se nos va la mano» y desde nuestra ceguera queremos solucionar «una que otra cosita» en cada lugar que visitamos.

No entraré en detalles, porque doy vergüenza. Sólo te diré que una noche llevé a una bartender, casi a media noche, a la estación de policía, para evitar que su patrona se escapará ese fin de semana haciéndoles polvo su liquidación. Luego me enteré que la dueña sí les hizo polvo su liquidación, y dejó bailando a sus cuatro empleados.

¿Qué pasó? La dueña sigue en la misma ciudad, emborrachándose ahora en bares ajenos. Y, los empleados, trabajando en los bares que la doña visita. ¿Qué pasó conmigo? Pues yo me fui a otra ciudad. La única experiencia que saqué, fue que hubiera sido mejor sólo acompañar. En serio, «mi solución» sólo me tensionó. Y me dio desilusión saber que nadie se defendió.

Pero, ¿cómo se relaciona este aprendizaje con Crónica de una muerte anunciada?

Qué hay hechos anunciados que es mejor dejar que pasen. Hay hechos, pero muchísimos, que mis ojos foráneos ven en cada lugar, que quiero solucionar. He aquí dos ejemplos frescos de las últimas semanas:

Crónica de una muerte anunciada me frenó, antes de abrir la boca, el ofrecerle a un chef en ciernes que no le encuentra el modo a las redes sociales mis conocimientos. Crónica de una muerte anunciada fue la prueba máxima a mis ansias por abrir un grupo de conversación en español para extranjeros. En ninguno de los dos casos, me pidieron ayuda. A mí se me ocurrieron las soluciones. ¿Soluciones intrusas?

Crónica de una muerte anunciada me puso contra la pared, me recordó que todos tenemos la muerte anunciada y que antes de que llegue la mía, quiero andar el mundo acompañando, no solucionando. Ya, si alguien me pide la ayuda, le acompañaré a encontrar su solución.

Si algún día me ves por ahí, en mis andanzas, queriendo solucionar. Digo, siempre hay recaídas. Te pido que me grites: ¡Crónica de una muerte anunciada!

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