Aquiles, la tortuga

Fragmento del libro Mi familia y otros animales de Gerald Durrell

»Al recién llegado se le bautizó debidamente con el nombre de Aquiles, y resultó ser una bestiecilla de los más inteligente y simpática, dotada de un peculiar sentido del humor. Al principio la atábamos de una pata en el jardín, pero cuando hubo tomado confianza la dejamos andar suelta. En muy poco tiempo aprendió su nombre, y nos bastaba con llamarla una o dos veces y esperar pacientemente un ratito para verla aparecer avanzando de puntillas por los estrechos senderos empedrados, estirando cabeza y cuello ansiosamente.

»Le encantaba comer de la mano, y se despatarraba al sol como un pachá mientras le acercábamos trocitos de lechuga, dientes de león o uvas. Las uvas le gustaban tanto como a Roger, y siempre surgía entre ellos gran rivalidad. Parábase Aquiles a mordisquear una uva, con todo el jugo rezumándole por la barbilla, y Roger, tendido a poca distancia, le miraba con ojos angustiados goteando saliva por la boca. Roger se llevaba buena ración de la fruta, pero aun así le debía parecer un despilfarro dar semejantes exquisiteces a una tortuga. […]

»Pero la fruta que más le gustaba a Aquiles eran las fresas. Sólo con verlas se ponía auténticamente histérica, bamboleándose de un lado a otro, torciendo la cabeza por ver si se le iba a dar alguna, mirándonos suplicante con sus ojillos de botón. […]

»Paralela a su pasión por las fresas, Aquiles desarrolló también una pasión por la compañía del humano. Que alguien saliera al jardín a sentarse a tomar el sol, a leer por cualquier motivo, y al poco oiría un crujido entre las minutisas, y por allí asomaría la cara seria y arrugada de Aquiles. […]

»… si uno se tendía en una estera a tomar el sol, Aquiles no vacilaba en interpretarlo como deseo de proporcionarle una distracción. Del sendero venía traqueteando hasta la estera con expresión de extremo gozo. Se detenía pensativa, te pasaba revista de pies a cabeza y elegía una porción de tu anatomía donde practicar el montañismo. Sentir por sorpresa cómo una tortuga tenaz entierra las uñas en un muslo, camino del estómago, no es lo más conducente al relajamiento. […]

»Esta costumbre llegó a ser tan molesta que, al cabo de incontables quejas y amenazas familiares, tuve que encerrarla cada vez que alguien se tumbaba en el jardín. Hasta que un día nos dejamos abierta la verja y Aquiles se esfumó.

»Inmediatamente organizamos equipos de búsqueda, y toda la familia, que hasta entonces había pasado la mayor parte del tiempo profiriendo amenazas para la vida del reptil, se puso a vagar por los olivares, gritando: “Aquiles… fresas… Aquiles… Aquiles, fresas…». Por fin dimos con ella.

»Paseando en su habitual despiste, había caído a un pozo abandonado cuyo brocal se había desmoronado en tiempo remotos y cuya boca yacía totalmente cubierta de helechos. Estaba, para nuestra consternación, muerta. Ni los intentos de Leslie de hacerle respiración artificial, ni la sugerencia de Margo de meterle fresas gaznate abajo (para darle, como ella explicó, una razón de vivir), lograron la menor respuesta.

»Así, pues, solemne y llorosamente, enterramos su cadáver en el jardín, bajo una mata de fresas (idea de mamá). Una breve elegía fúnebre, escrita y leída por Larry con voz temblorosa, prestó a la ocasión un aire memorable. Solamente Roger deslució el acto, insistiendo, a pesar de todas protestas, en mover el rabo durante toda la ceremonia funeraria».

El libro

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