Ángela Vicario y Bayardo San Román

Fragmento de la novela Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez

«Entraron de pasada en el hotel del Puerto, a cuyo dueño conocían, y Pura Vicario pidió un vaso de agua en la cantina […] Angela Vicario volvió la cabeza con el último aliento, y lo vio pasar a su lado sin verla, y lo vio salir del hotel. Luego miró a su madre con el corazón hecho trizas. Pura Vicario había acabado de beber, se secó los labios con la manga y le sonrió desde el mostrador con los lentes nuevos. En esa sonrisa, por primera vez desde su nacimiento, Ángela Vicario la vio tal como era: una pobre mujer consagrada al culto de sus defectos. «Mierda», se dijo.

»Estaba tan trastornada, que hizo todo el viaje de regreso cantando en voz alta, y se tiró en la cama a llorar durante tres días. Nació de nuevo. “Me volví loca por él —me dijo—, loca de remate.” Le bastaba cerrar los ojos para verlo, […] le escribió la primera carta.

»Seis meses después había escrito seis cartas sin respuestas, pero se conformó con la comprobación de que él las estaba recibiendo. Dueña por primera vez de su destino, Ángela Vicario descubrió entonces que el odio y el amor son pasiones recíprocas.

»Cuantas mas cartas mandaba, más encendía las brasas de su fiebre, pero más calentaba también el rencor feliz que sentía contra su madre. “Se me revolvían las tripas de sólo verla —me dijo—, pero no podía verla sin acordarme de él.” […]

»… y volvió a ser virgen sólo para él, y no reconoció otra autoridad que la suya ni más servidumbre que la de su obsesión. […] siguió escribiendo sin cuartel durante diecisiete años.

»Un mediodía de agosto, mientras bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quien era. “Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca —me dijo—. ¡Pero era él, carajo, era él!”

»Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo. Tenía la camisa empapada de sudor, como la había visto la primera vez en la feria, y llevaba la misma correa y las mismas alforjas de cuero descosido con adornos de plata.

»Bayardo San Román dio un paso adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y puso las alforjas en la máquina de coser. —Bueno —dijo—, aquí estoy.

»Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas por sus fechas, en paquetes cosidos con citas de colores, y todas sin abrir».

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Aquiles, la tortuga

Fragmento del libro Mi familia y otros animales de Gerald Durrell

»Al recién llegado se le bautizó debidamente con el nombre de Aquiles, y resultó ser una bestiecilla de los más inteligente y simpática, dotada de un peculiar sentido del humor. Al principio la atábamos de una pata en el jardín, pero cuando hubo tomado confianza la dejamos andar suelta. En muy poco tiempo aprendió su nombre, y nos bastaba con llamarla una o dos veces y esperar pacientemente un ratito para verla aparecer avanzando de puntillas por los estrechos senderos empedrados, estirando cabeza y cuello ansiosamente.

»Le encantaba comer de la mano, y se despatarraba al sol como un pachá mientras le acercábamos trocitos de lechuga, dientes de león o uvas. Las uvas le gustaban tanto como a Roger, y siempre surgía entre ellos gran rivalidad. Parábase Aquiles a mordisquear una uva, con todo el jugo rezumándole por la barbilla, y Roger, tendido a poca distancia, le miraba con ojos angustiados goteando saliva por la boca. Roger se llevaba buena ración de la fruta, pero aun así le debía parecer un despilfarro dar semejantes exquisiteces a una tortuga. […]

»Pero la fruta que más le gustaba a Aquiles eran las fresas. Sólo con verlas se ponía auténticamente histérica, bamboleándose de un lado a otro, torciendo la cabeza por ver si se le iba a dar alguna, mirándonos suplicante con sus ojillos de botón. […]

»Paralela a su pasión por las fresas, Aquiles desarrolló también una pasión por la compañía del humano. Que alguien saliera al jardín a sentarse a tomar el sol, a leer por cualquier motivo, y al poco oiría un crujido entre las minutisas, y por allí asomaría la cara seria y arrugada de Aquiles. […]

»… si uno se tendía en una estera a tomar el sol, Aquiles no vacilaba en interpretarlo como deseo de proporcionarle una distracción. Del sendero venía traqueteando hasta la estera con expresión de extremo gozo. Se detenía pensativa, te pasaba revista de pies a cabeza y elegía una porción de tu anatomía donde practicar el montañismo. Sentir por sorpresa cómo una tortuga tenaz entierra las uñas en un muslo, camino del estómago, no es lo más conducente al relajamiento. […]

»Esta costumbre llegó a ser tan molesta que, al cabo de incontables quejas y amenazas familiares, tuve que encerrarla cada vez que alguien se tumbaba en el jardín. Hasta que un día nos dejamos abierta la verja y Aquiles se esfumó.

»Inmediatamente organizamos equipos de búsqueda, y toda la familia, que hasta entonces había pasado la mayor parte del tiempo profiriendo amenazas para la vida del reptil, se puso a vagar por los olivares, gritando: “Aquiles… fresas… Aquiles… Aquiles, fresas…». Por fin dimos con ella.

»Paseando en su habitual despiste, había caído a un pozo abandonado cuyo brocal se había desmoronado en tiempo remotos y cuya boca yacía totalmente cubierta de helechos. Estaba, para nuestra consternación, muerta. Ni los intentos de Leslie de hacerle respiración artificial, ni la sugerencia de Margo de meterle fresas gaznate abajo (para darle, como ella explicó, una razón de vivir), lograron la menor respuesta.

»Así, pues, solemne y llorosamente, enterramos su cadáver en el jardín, bajo una mata de fresas (idea de mamá). Una breve elegía fúnebre, escrita y leída por Larry con voz temblorosa, prestó a la ocasión un aire memorable. Solamente Roger deslució el acto, insistiendo, a pesar de todas protestas, en mover el rabo durante toda la ceremonia funeraria».

El libro

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Citas del libro «La librera y los genios» de Frances Steloff

Martha Graham en la Gotham Book Mark

Martha nos preguntó si estaríamos dispuestos a firmar el aval para un préstamo de mil dólares, y firmamos. … Años después, cuando la sala de danza de la New School for Social Research le fue dedicada a Martha Graham … contó cómo había tenido que pedir prestado dinero para su primer concierto, y digo que de no ser por la GBM (Gotham Book Mart), la actuación nunca hubiese tenido lugar.

LA LIBRERA Y LOS GENIOS, FRANCES STELOFF

Cuenta Frances Steloff, que en una Navidad, Martha Graham se quitó el abrigo y de manera espontánea se puso a ayudarle a empacar los libros que Frances no se daba abasto a empacar. «Poco sospechaban los clientes a quién pertenecían las valiosas manos que aquel día ataron los paquetes», escribió Steloff.

¡Me encantó esta cita del libro! Darme cuenta cómo los artistas, porque Frances Steloff fue una verdadera creadora, se apoyan entre sí.

Los primeros amigos

Gordon White fue siempre de ayuda, y además estaba lleno de ideas. Cada vez que sugería algo, yo lo llevaba a cabo. Y tenía sentido del humor. Cuando nos mudamos al local de la calle 47 Oeste, número 51, donde teníamos un patio trasero y dos más a los lados, él solía quedarse en el umbral de la puerta mirando el despliegue de libros, grabados, cuadros y flores. Se dio cuenta de que los clientes preguntaban a menudo: «¿Y qué hacen cuando llueve?». Gordon propuso: —¿Por qué no pone usted un letrero en la valla que diga: LOS METEMOS DENTRO («WE TAKE THEM IN*»)? Pusimos el letrero, y se convirtió en un tremendo chiste.

LA LIBRERA Y LOS GENIOS, FRACES STELOFF

Gordon White fue el gerente de publicidad de The Billboard. Considerado por Frances Steloff como uno de los primeros amigos de la Gotham Book Mart. Gracias a él, por meses, la Gotham Book Mart pudo anunciarse en The Billboard sin tener que pagar. 

*«Take them in», es una expresión que también significa «Les tomamos el pelo». 

La lista de amigos de la Gotham Book Mart fue interminable. Gordon White fue uno de los primeros, luego llegaron Anais Nïn James Joyce, Henry Miller, Martha Graham, Woody Allen, Jackie Onassis y muchísimos más.

La censura contra la GBM

Para entonces estaba resuelta a dar la cara respecto a aquello por lo que estaba dispuesta a ir a la cárcel. ¿Dónde debía trazar la línea? ¿Qué es obsceno? Si dejáramos que eso lo decidieron las Sociedades Antivicio, piénsese en todos los tesoros que perderíamos permanentemente: Joyce, D.H. Lawrence, Henry Miller, Theodore Dreiser, Edmund Wilson, Norman Douglas, Cabell, Faulkner, Steinbeck, Mark Twain, Benjamin Franklin, Chaucer, Shakespeare, así como un sinfín de otros autores de igual importancia. Si las Sociedades Antivicio fueran coherentes, también incluirían la Biblia.

LA LIBRERA Y LOS GENIOS, FRACES STELOFF

Frances Steloff fue acusada por la Sociedad Antivicio de Nueva York, como una librera obscena. Tuvo que comparecer ante el tribunal varias ocasiones. No olvidemos que entre los años 1920 y 1933 imperó la Ley Seca en Los Estados Unidos. Y, con esta ola, muchas otras iniciativas y leyes fueron implantadas en años posteriores, como la Ley de Censura y el Macartismo. 

Para mí fue una gran experiencia el descubrir a un ser que luchó por ejercer el oficio que tanto amó, a lo largo de casi toda su vida.

Las verdaderas librerías

Las verdaderas librerías estaban desapareciendo rápidamente, y no pasaría mucho tiempo antes de que los únicos puntos de venta para los editores fueran los grandes almacenes y las cadenas de librerías, con su atmósfera de supermercado. Lo lamento por las futuras generaciones, que no conocerán nunca la atmósfera y la charla amistosa propias de las verdaderas librerías.

LA LIBRERA Y LOS GENIOS, FRACES STELOFF

Con esta cita del libro La librera y los genios Frances comparte su lamento; el lamento de los espacios que ven morir la conversación viva que siempre crea. 

El alma de la Gotham Book Mart eran sus clientes que eran sus amigos. Su patio trasero, con sus sillas plegables y el eterno «sí» de Frances a cualquier reunión y plática, siempre fueron el delicado equilibrio que nutría el recorrido entre libros únicos, cuidadosamente curados por la librera.

Me pregunto ¿cuántas librerías verdaderas quedan en el mundo?

Para los libreros

En una época en la que las verdaderas librerías están desapareciendo a una velocidad alarmante, el ejemplo de personas como la autora de este libro debe mantenerse a la vista de todos. En especial porque, sin duda, por cada Sylvia Beach o cada Frances Steloff, hay decenas de abnegados profesionales cuya fama no sobrepasa su círculo de clientes. A esos libreros, que contribuyen a que nuestra vida sea un poco más llevadera, quisiera dedicar esta traducción. Frente a las grandes superficies, expendedoras de novedades en régimen de supermercado, los amantes de la literatura debemos aferrarnos a la verdadera librería, como foco de cultura, punto de encuentro entre creadores y lectores y, en suma, institución viva cuyas funciones van más allá de la mera venta de libros.

JOSÉ MANUEL DE PRADA-SAMPER
LA LIBRERA Y LOS GENIOS, FRANCÉS STELOFF

José Manuel de Prada-Samper visitó la afamada librería de Frances Steloff allá por los ochenta. En una traducción que a todas vistas es un trabajo de amor, el traductor y escritor nos comparte los momentos que vivió en el santuario de Frances, la Gotham Book Mart. Conoció a Frances de vista. Sobre ella escribió:

«… si bien esto no me impidió reparar en una viejecita entrada en años que, con envidiable vitalidad, circulaba de un lado a otro del local, con aspecto de, a pesar de su avanzada edad, llevar las riendas de todo aquello».

Luego, Prada-Samper, tradujo las cartas que Frances Steloff había publicado en la revista Journal of Modern Literature, publicada por la Temple University de Filadelfia. Este libro contiene varias de esas cartas.


La librera y los genios es un libro de fácil lectura, dedicado a una de las librerías en Manhattan con más historia. La Gotham Book Mart abrió sus puertas en 1920 y no las cerró hasta 2007. De 1920 hasta su muerte, en 1989, Frances Steloff estuvo al frente de ella, primero como dueña y luego como empleada. Este es un libro en español surgido de las memorias en inglés de Frances Steloff, con una magnífica traducción de José Manuel de Prada-Samper.

Aquí, en este enlace, encuentra el resumen del libro sobre los inicios de la librería neoyorquina: ¿En dónde está tu librero?

También disfruta en esta reseña del libro, el paso de grandes autores por la librería: Henry Miller, Anais Nïn y Marianne Moore

Definitivamente, este es uno de los mejores libros sobre el tema de las librerías y el amor a los libros.

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La casa del cuerpo

«Una inscripción sobre la entrada del hamman, en gruesos caracteres rojos entrelazados con una fina caligrafía de otros colores encendidos, decía:

Entra. Esta es la casa del cuerpo como vino al mundo. La del fuego que era agua, la del agua que era fuego.

Entra. Cae como la lluvia, enciéndete como la paja.

Que tu virtud sea la alegre ofrenda en la fuente de los sentidos».

Alberto Ruy Sánchez, Los nombres del aire