¡Cuaja!

Zorba el griego, un recordatorio para vivir nuestra vida con toda nuestra pasión.

Zorba lo ve todo, día tras día, por primera vez.

Zorba el griego, Nikos Kazantzakis

No entendí la muerte de Heahmund en Vikingos, pero sabía que la vida de Lagertha cambiaría para siempre. Michael Hirst (director y guionista de la serie Vikingos) explicó la muerte del guerrero clérigo Heahmund así:

«Heahmund es un personaje de tal intensidad que tuvo que morir y tuvo que hacerlo heroicamente en batalla. Él es el tipo de personajes que simplemente no están interesados en sobrevivir».

Ya no volví a encontrarme a personajes así, hasta que leí Zorba el griego. Alexis Zorba cambió el rumbo de la vida de su patrón en la novela, igual que Heahmund cambió el rumbo de la vida de Lagertha, Así como Heahmund mostró ese rincón donde la vida se desborda, Alexis Zorba muestra la pasión que se rinde al palpitar del día.

¿Hay quien vive así? Seguro que sí. Son esos seres que, en un momento relámpago, nos transforman. Como lo llama Kazantzakis en la novela, nos transforman con una «transmutación alquímica». Todos hemos conocido a un ser así. Casi todos huimos del alcance de su luz cegadora. Aunque luego, en nuestra soledad, su halo nos sigue sacudiendo. Y termínanos confrontándonos con una gran pregunta: ¿vivimos nuestra vida con toda nuestra pasión?

En el prólogo de la novela, el mismo Kazantzakis confiesa:

«Este triste privilegio, el de transformar la vida en arte, resulta desastroso para muchas almas carnívoras. Porque así, al encontrar escape, la pasión vehemente huye del pecho y el alma se alivia, ya no se consume, no siente la necesidad de luchar cuerpo a cuerpo, participando directamente en la vida y en la acción, sino que se complace al ver cómo el ímpetu se desvanece, formando volutas de humo en el aire».

Zorba el griego, Nikos Kazantzakis

¿Dejamos de oler, saborear, admirar, tocar y sentir porque estamos más preocupados por sobrevivir?

Si tuviéramos siempre en cuenta la sencillez de la felicidad, tal y como aquí lo describe el patrón de Zorba en la novela, tocaríamos más el día:

«La comida abundante y esmerada, el brasero encendido, el cuerpo engalanado y atildado, el aroma del agua de azahar, todos estos pequeños placeres corporales, tan humanos, con cuánta simplicidad y rapidez se transformaban en una gran dicha espiritual».

Zorba el griego, Nikos Kazantzakis

Pero seguimos huyendo, hasta que otra vez nos tropecemos con la «transmutación alquímica» de la vida, que siempre vuelve, a través del relámpago de otro ser, a través de una noticia grave o de la sonrisa de un niño. Aunque nos catapultemos en la burbuja más densa del razonamiento, ese relámpago de vida va a rasgar la burbuja. Nos veremos desnudos frente al día, las manecillas de la vida. Y, recordaremos la sentencia que Zorba le dijo a su patrón:

«—Me disculpará, patrón—dijo—, pero creo que tu cerebro está hecho un engrudo. ¿Cuántos años tienes? —Treinta y cinco. —Ah, entonces ya no va a cuajar jamás—dijo y estalló en carcajada».

Zorba el griego, Nikos Kazantzakis

Y así andamos muchos: descuajados. Y descuajados ¿adónde vamos? A ningún lado. Ahí, atrapados en el día, vamos a tener que decidir si queremos tratar de «cuajar». Tratar de «cuajar» cuesta mucho trabajo. Y no olvidemos esa burbuja del razonamiento, rasgada, muy rasgada, pero todavía «medio funcional» que seguimos cargando.

Con la burbuja maltrecha y sin cuajar, nos llenamos de razonamientos que desinfectan y esterilizan al día, para podérnoslo comer sin que nos cause agruras, aunque no nos sepa a mucho. La alternativa es lanzarnos al día desnudos para aprenderlo con una mirada fresca, como el momento llegue. Esa es la gran disyuntiva. ¿Has visto rostros cansados, que a rastras cargan una burbuja que borbotea razones rancias? Yo sí, cuando me miro al espejo. Y entonces, me receto esta frase:

«… si pudiera entrar en la escuela de Zorba y aprender el grande, ¡el verdadero alfabeto!… Habría entrenado a la perfección mis cinco sentidos, y a mi piel toda, para que se alegrará y comprendiera».

Zorba el griego, Nikos Kazantzakis

Quizás por eso, uno de los personajes que más me duelen de Zorba el griego de Nikos Kazantzakis, es madame Hortense. Zorba la llama su Bubulina. Ella es la gran burbuja cansada que, con su raído listón amarillo en el cuello, nos confronta con nuestra propia burbuja picoteada y purulenta, queriendo cargar una historia fofa que ya no es.

«Desde que aprendí a tocar el santuri, soy otro hombre. Cuando tengo algún resquemor o cuando la pobreza me acogota, toco el santuri y me siento ligero. Cuando toco, me hablan y no oigo; y si oigo, no puedo hablar. Quiero, quiero, pero no puedo».

Esa es la otra opción, lanzarse a la vida desde los pies a la cabeza, y sin burbuja.

Cuando Zorba perdió a su hijo de tres años lo único que pudo hacer fue bailar. Así nomás, en pleno sepelio comenzó a bailar. No paró hasta que el cuerpo lo desplomó. Eso evitó que se volviera loco de dolor. Igual le pasó con el santuri, algo por dentro lo llevó a buscar a un maestro de santuri. Cada vez que Zorba sentía que el cuerpo cargaba de más, se paraba a bailar o tocaba el santuri.

«El mundo era para Zorba, como para los primeros seres humanos, una visión compacta, las estrellas lo emocionaban, el mar reventaba en sus sienes, vivía la tierra, el agua, los animales, Dios, sin la intervención deformante de la razón».

Zorba el griego, Nikos Kazantzakis

Si hoy te interesa dejar la burbuja, comienza con acercarte a Zorba. Descubre tu piel, que seguro está esperando sentir el mundo, descubre tus ojos y mira al día con ojos frescos. Huele alguna flor, escucha el viento. ¡Y Cuaja!

El libro

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