Convertirse en mentor de uno mismo

Yo no lo tuve y, seguramente, tú tampoco. Me refiero a un mentor, a esa persona que tiene los conocimientos hechos experiencia, transformados en ejemplos reales, de «carne y hueso»; listos para pasárnoslos. Esos hombres y mujeres que nos llegan a conocer bien, que despejan nuestras dudas con la información que más necesitamos.

Quienes tienen mentores son algunos deportistas, artistas o escritores. Pero tú y yo, no. No hay mentores para los médicos, abogados ni químicos. No porque no existan personas capaces de aportar conocimientos valiosos a todos los demás, sino porque la cultura de tener un mentor ya no existe desde hace muchos años, desapareció.

En mi caso, a falta de un mentor, recopilé notas de libros, fui a conferencias, consulté psicólogos y les hice muchas preguntas a mis jefes. Hubo consejos que seguí al «pie de la letra» y otros que deseché. 

Si puedes encontrar un mentor, hazlo. Aprende de esta persona todo lo posible; sin adaptarte a esa persona, sino adaptando lo aprendido a tus objetivos y estilo. Pero, si no encuentras a ningún mentor, confía en tu capacidad de aprendizaje por ti mismo. Tienes que comprometerte a un plan, el tuyo propio, con base en objetivos bien concretos. Imponte el hábito del aprendizaje continuo. 

Todos, todos los días dedica tiempo a tu aprendizaje; cuestiónalo con energía, modifícalo y adáptalo a tu nueva circunstancia. Observa tus acciones, tu forma de pensar, tus valores. Si ese aprendizaje va contigo, con tu crecimiento, adóptalo. Si un aprendizaje no te sirve, deséchalo; enfócate en los aprendizajes que te darán la maestría necesaria para lograr lo que te propones, cuidando tu integridad y tu salud. 

La gran riqueza de tener un mentor o convertirse uno en mentor de sí mismo, es adquirir el hábito del aprendizaje continuo. Con los años te darás cuenta que este hábito te servirá toda la vida. Créeme, toda la vida.

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