¿De cuántos abrazos hemos huido?

¿Estamos en deuda con el tacto?

Posiblemente. ¿De cuántos abrazos hemos huido? Acaso, ¿hemos ahogado la ocurrencia de caminar descalzos sobre el pasto? ¿O por el temor a sentirnos ridículos, no nos tiramos sobre la nieve? El tacto, el sentido más antiguo que tenemos, es también el más exigente. Simplemente, porque tenemos que estar presentes con toda nuestra humanidad para poder tocar. 

El tacto es exigente, pero también es muy gratificante.

Nada puede saciar nuestra presencia en el mundo como el contacto humano, y es el tacto el que nos regala ese suceso. La mano que ayuda al otro, el abrazo que conforta, la otra piel que ilumina la nuestra. Estos goces del tacto llegaron con los años, y hay que atesorarlos junto con los otros, con los primeros de la infancia, con los segundos de la adolescencia. Y seguir y seguir viviendo el mundo tocando todo lo nuevo, todo lo viejo, todo.

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