Existimos sin permiso

Sabemos que una rosa no se transforma de botón a flor en una noche, como tampoco una oruga en mariposa. ¿Por qué, entonces, queremos obtener resultados de un día para otro?

El tiempo que lleva florecer a una rosa es tedioso para los ojos que celebran solo lo más bello. El tiempo que nos lleva florecer es tedioso para quienes queremos respuestas que nos hagan sentir bien en un momento. Nos desinteresan los pequeños pasos que nos llevan a nuestro propio florecimiento. Nuestras pequeñas decisiones, casi imperceptibles, casi aburridas, casi arduas no nos producen ninguna sensación que nos endulce el instante.

Pero estos pequeños pasos, ese transformarse lento y sin ruidos, son la prueba más minúscula de nuestra existencia. Son pequeños actos que arman nuestro presente. Somos un siendo continuo, un haber que no se acaba, un existir que no nos pide permiso. Somos el resultado de muchos pasos, de muchos actos. ¿Acaso no vale la pena acompañarnos, paso a paso, en el camino?

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