La última despedida se siente como una derrota

A mi madre.

Nada es más amargo como el recuerdo dulce de un lugar que ya no existe. Y sabemos que ya no existe, ni podrá existir jamás, porque desde que pisamos ese otro lugar «el nuevo», comenzamos a ser otros. Si osamos regresar al lugar viejo, el golpe puede ser brutal.

Eso fue lo que hizo mi madre: regresó. Por un par de semanas regresó a habitar su vieja casa, la casa que tuvo con su esposo y sus hijas. La casa de un recuerdo dulce que dejó de existir hace más de 30 años.

Regresó a despedirse, a despedirse para siempre de un pasado nostálgico y muerto. Su voz por el teléfono sonaba a derrota. Se lo dije. Y, después de un breve silencio, ella con su mente frágil de ochenta años y yo con mi obsesión por la realidad, aceptamos que sí, que lo implacable derrota.

Hoy aprendí a aceptar su derrota, que también sentí mía.

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