Observar

¿Qué le contestó el lobo a Caperucita? «Para verte mejor».

El aprendizaje más grande de todos es este: observar.

¿Para qué observamos? Para ubicar alianzas y obstáculos, para medir distancias, para examinar el suelo que pisamos y el clima alrededor.

¿Qué observamos? Todo, pero dos cosas debemos observar con más dedicación:

  1. Lo que nos hace reaccionar.
  2. Nuestras reacciones.

Cuando sabemos qué nos hace reaccionar y cómo reaccionamos ante eso, nos veremos al espejo sin máscaras ni ensayos: crudos.

Veremos «cara a cara» quiénes somos en qué momentos.

Por ejemplo, cuando alguien me dice que no podré lograr algo, mi garra combativa se arrebata y lucha. Si no observara bien esta reacción, andaría peleando batallas ajenas o que ni siquiera existen.

Otro ejemplo, cuando alguien me cuenta un proyecto que me hace sentir viva, me «aviento al ruedo» y trato de ayudar, y la energía que ya tenía comprometida en algo mío, termina dividida entre mi proyecto y el proyecto ajeno. Después me frustro, porque no avanzo.

Sé que volveré a caer en estas dos reacciones porque mi cerebro así funciona. Pero si hago de la observación mi práctica diaria, podré rescatarme «a tiempo o a destiempo» de batallas perdidas y proyectos que me desvían. En mi caso, muchas veces a destiempo, con una disculpa.

Una de dos, descubro al lobo desde un principio o me le salgo de la panza de un brinco.

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