¿Qué historia te une a la música?

Ella, Tola, vivió entre valses y nunca se casó. Tola fue la tía “Chofi” de mi familia. Prestó su vida a su madre, mi bisabuela, cuando a los quince años se tuvo que hacer cargo de la hacienda. Prestó su vida a su hermano de seis años, mi abuelo, cuando su madre enfermó de tristeza. Crió a una hija, mi madre, una hija que no nació de ella; hasta que mi abuela decidió cortar esa entrega poniendo tierra de por medio. 

Mi tía Tola creció entre valses, entre hombres que hacían música, y entre los deberes de hija. Su padre tenía una orquesta que tocaba en todos los eventos de Lerdo, Durango, a principios del siglo, cuando los valses estaban en su apogeo. El bisabuelo hizo realidad su sueño a través de sus hijos, cada uno aprendió a tocar un instrumento. A mi abuelo le tocó el piano. Y como sucede en todas las familias, uno entre todos sobresalió. Ese lugar le tocó a mi tío abuelo Vicente, quien comenzó a componer desde la adolescencia. 

Mi bisabuelo puso todas sus esperanzas en su hijo el mayor. Pero su hijo Vicente tenía otro destino, uno muy lejano: a los 21 años murió. El bisabuelo no pudo recuperarse de la pérdida de su sueño más grande de carne y hueso y, poco a poco, lo fue perdiendo todo. Pero mi tía Tola, la mayor de las mujeres, ya había pasado mucho tiempo bajo la sombra de las higueras cavilando sobre su vida y su destino. Y preguntándose por qué su madre fue siempre tan tersa, tan callada. Por eso, cuando el bisabuelo murió, dejando a la familia en la miseria, fue mi tía Tola la que alzó la mano y se echó el destino de todos a sus espaldas, incluido el de los valses, y mi abuelo siguió tocando el piano.

Sesenta años después los valses llegaron a mí, siguiendo así su curso natural en mi familia. Por las tardes, mi abuelo tocaba su música en la consola de la sala. Entre “Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan” y Los Churumbeles, siempre aparecían “Alejandra”, “Sobre las olas” y “Cuando escuches este vals”. La sala se convertía en la pista de baile para mí y mis hermanas. Mi abuelo nos dejaba elegir el disco. Yo me envolvía en las ilustraciones de las portadas. En una de esas portadas vi por primera vez una plaza. Mi abuelo me dijo que era la Alameda de la Ciudad de México.

Cada vez que escucho uno de estos valses, regreso a esas tardes sin tiempo. A esa alegría transparente e intacta. Con los años, alguna música se convierte en parte de nuestra historia. Los valses mexicanos viven conmigo, y recurro a ellos cuando busco solaz. Son un dulce, un dulce en los oídos que hoy comparto contigo.

Busca tu historia con la música. Ámala, compártela.

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